Intento dormirme pero sé que va a ser imposible, que no merece la pena dormirse para una horas. Así que decido desayunar, lo mismo que siempre, un café para despertar y que no hará efecto hasta dos horas después de salir de casa.

Las calles gélidas me dan lo mejor de la noche, y así, sólo, ando en dirección del metro para cogerlo otro día más y acercarme al trabajo.
Al fondo veo la entrada pero se ve distinta, diferente sin lugar a dudas no se puede comparar a otro día. Allí me introduzco sin darme cuenta que a estas horas debería de estar cerrado.
Y ahora dentro es cuando descubro todo. Que aún las calles no están puestas, que no existe más allá. Que por la vía de tren que se encuentra enfrente mio, jamás pasará ningún tren.
Solo, perdido, y despertando por fin, empiezo a comprenderlo todo. Así que decido cambiar y nunca más repetir ese camino. No volver al mismo trabajo. No despertarse con el mismo despertador. Y descubrir que las cuatro y cuarto son la mejor hora para empezar un nuevo día, una nueva vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario